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miércoles, 6 de agosto de 2014

El taxista del infierno (por Alberto M. Caliani)



Hoy, después de darle muchas vueltas al tema, me he decidido a marcar el número del taxista del infierno. Conjuro todo mi aplomo para que la voz no me tiemble al aparato. Como respuesta obtengo un escueto y brusco «¿diga?». Cuando le digo lo que quiero suelta un silbido y me pregunta quién me ha facilitado el número de su teléfono móvil. Le respondo que me lo ha dado Colín. Él guarda unos segundos de silencio, no sé si de respeto porque sabe que Colín ha muerto hace cuatro días o porque sopesa el riesgo de atender a un nuevo cliente referido por un fiambre. Puede que sea supersticioso y decida que eso es gafe. «¿Cuánto vas a querer?», me pregunta, yendo al grano. Cuando le respondo que cincuenta gramos vuelve a hacerse el silencio. «¿Tanto?». Le respondo que tengo una fiesta importante y él me interrumpe. Creo que no necesita saber nada más. «¿Dónde te recojo?». Le doy la dirección del bar desde donde le llamo y me dice que estará allí en quince minutos. Taxi número trescientos veintitrés, me apunta.

            Es curioso: cuando esperas a alguien en una esquina para hacer algo normal, parece que nadie te mira. Esperas a tu novia, a tu esposa, a un amigo con el que vas a ir de cañas o a tus hijos que acaban de salir del colegio y lo haces tan tranquilo. Sin embargo, cuando te propones comprar droga y aguardas la llegada del camello, todo parece distorsionarse a tu alrededor. Te crees que todo el mundo te mira de reojo, como si se preguntara qué coño haces ahí, plantado sin hacer nada, esperando el santo advenimiento. Cuando ves a un policía local bendiciendo con sus multas a los aparcados en doble fila te pones a sudar, como si el solo hecho de estar en la calle fuera un delito. Llevo tres mil euros en el bolsillo destinados a comprar cocaína. Cocaína, farlopa, farla, perico, manteca... tiene tantos sinónimos como el pene o el cerdo, pero casi ninguno viene en el diccionario de la Real Academia Española. Me pregunto por qué será...

            El taxista del infierno es puntual. Taxi trescientos veintitrés, confirmo. Cuando abro la puerta para subir, el tipo se extraña al verme: «¿Tú eres el que me has llamado?». Cuando le digo que sí se echa a reír y me dice, como quien quiere hacer una gracia, que le ha sorprendido que fuera alguien tan pureta. Le río la ocurrencia sin hacerme el ofendido. Le queda una hora o dos de vida, así que le permito el chiste. Lo siguiente que hace es formular una pregunta estúpida: «¿Eres policía?». Le mando a la mierda de buen rollo y le enseño los tres mil euros que llevo en un sobre. Es el lenguaje que entiende: el colegueo, la mala educación y la pasta por delante. Sus ojos brillan al ver los fajos de billetes de cincuenta: está claro que no está acostumbrado a operaciones tan gordas. No es más que un taxista treintón y desaliñado, que se saca un jugoso sobresueldo vendiendo hachís y cocaína a un grupo de clientes reducido que se pasan su teléfono con el secretismo de una logia masónica. El taxista del infierno no es más que un mierdecilla de esos que usan la estética heavy metal para disimular que son feos de cojones. Se dejan greñas enmarañadas para ocultar una alopecia galopante y para cubrir dos orejas del tamaño de gavias de goleta, unas barbas vikingas con caspa suficiente para recrear un cuento de navidad de una rascada y una nariz rota por las peleas que, a pesar de su aspecto fiero, suelen perder porque no tienen ni media hostia. Hasta la cazadora de cuero que lleva apesta a rancio y está desconchada y mugrosa como el pellejo de un elefante muerto. 

            Me dice lo que ya me olía que me iba a decir: que no lleva tanto encima y que tiene que ir a buscarla. Me sugiere que le espere allí, pero le digo que prefiero acompañarle, que llevo un buen rato dando el cante en la esquina. Baja la bandera —no perdona la carrera ni por tres mil euros, el hijoputa— y enfila la calle. Desde atrás, solo veo su mata de pelo y sus ojos espiándome a través del retrovisor, del que cuelga un muñeco de Eddie, la mascota de Iron Maiden. Conozco a ese personaje por un poster que mi hijo puso en su cuarto hace algunos años. Me sorprende recordar el nombre. Debe ser por la cara de cabrón que tiene esa especie de zombi momificado, que se te graba en la memoria y es difícil de olvidar.

            El taxista del infierno se mete por una calle que parece puesta por el ayuntamiento solo para él. He nacido en esta ciudad, y es la primera vez que circulo por esta callejuela, por la segunda que toma y por las siguientes que vienen detrás. Cuando viajas por los territorios del taxista del infierno, entras en otra dimensión. Descubres una urbe que no podías ni imaginar: peregrinos espectrales en busca de una dosis que caminan como muertos vivientes; otros, en grupo, fuman algo que no es tabaco agazapados detrás de un contenedor de basura con overbooking; dos putas se pelean a gritos y, por la voz de barítono de una de ellas, juraría que no son del mismo sexo. El taxista del infierno me ha llevado al infierno, era de esperar. Le pregunto si vive allí y se me echa a reír con descaro: «Tengo un garito aquí que me sirve de almacén —me explica—. ¿Cómo voy a vivir en este hervidero de yonkis?». Yonki: del inglés, junkie. Basurilla. Es verdad, son basurilla. Me digo que es una buena definición, mientras el muñeco de Eddie baila a cincuenta centímetros de mi cara a causa de los baches sin dejar de dedicarme su sonrisa de juicio final. Por fin llegamos a una parodia de calle donde el taxista del infierno para el coche. Cuando hago amago de acompañarle me dice que no: su almacén es un lugar secreto. El Área 51 de la droga, pienso. Me tranquiliza asegurándome que mientras permanezca dentro del taxi, ninguno de los zombis que nos rodean osará molestarme. Me alegra saber que piso suelo sagrado, aunque tampoco me preocupa demasiado. Llevo en el bolsillo un treinta y ocho especial, y ese maremágnum de descampados y callejuelas debe ser como el espacio de Ridley Scott: allí nadie puede oír tus gritos. Si salgo y me lío a tiros con los basurillas fuma-platas, seguro que nadie me pone pegas. Es la puta selva y yo, esta noche, soy el cazador.

            Como me figuraba, el taxista del infierno tarda más de lo que se tarda en recoger cincuenta gramos de coca ya lista para la venta. Sé lo que está haciendo en este momento: cortarla. En cuanto me dijo que me cobraría a cincuenta el gramo, cuando él suele ponerlo a sesenta, supe que la cortaría aún más de lo que ya la corta. Porque él siempre lo hace, y no con polvos de talco, con aspirinas o con Maizena: según la autopsia de Colín, la coca que lo mató estaba cortada con estricnina. Al parecer, en pequeñas cantidades tiene un efecto alucinógeno, pero el taxista del infierno es demasiado ambicioso y debe ser de letras, porque no calcula bien las dosis. Hay que ser muy idiota para cargarte a tu propia clientela. 

            Por fin aparece y se mete en el coche. Nadie me ha molestado durante su ausencia, aunque sí que es verdad que mientras he estado dentro del taxi he disfrutado de la película en 3D más sórdida de todos los tiempos. Ese sumidero de calles y desgracia es, realmente, el infierno. Un infierno mucho peor que el que nos pintaban los curas en el colegio. Aquí también ardes eternamente: ardes en deseos de meterte otra dosis, ardes porque tienes que jugártela cada día para conseguirla, ardes bajo los efectos del mono y a veces hasta ardes porque otro compañero de viaje, con más mala leche que tú, le pega fuego a los cartones con los que te proteges del frío de la noche. Estoy frito por largarme de allí.

            Le pido ir a un sitio más tranquilo con la excusa de que ese barrio me da mal rollo. Quiero probar la coca. Me dice que sin problemas, siempre y cuando le pague la carrera, que ya va por treinta y dos euros. Arranca el taxi y salimos de la cloaca donde yo he pasado los últimos treinta minutos de esa tarde y él los últimos treinta minutos de su vida. Llegamos a una explanada alta y solitaria desde donde se domina toda la ciudad. A esa hora crepuscular, casi de noche, las luces de las casas y el alumbrado público la transforman en una verbena. Él me pasa una bolsa con cincuenta bolsitas de un gramo cada una. Están hechas con trocitos de bolsa de Hipercor y sonrío al pensar que es nieve de marca blanca, valga la redundancia. Me pide el dinero y le paso el sobre. Cuenta su contenido con cara de mercader avaro de las mil y una noches. Satisfecho, vuelve su cara hacia mí y la sorpresa se refleja en ella cuando le ofrezco una de las bolsitas cerradas. Se echa a reír y me guiña un ojo.

            —¿Quieres que te ponga yo la raya, eh colega? Ya me olía que no estabas muy ducho en esto. Trae y te enseño como hacerlas....

            —No quiero que me pongas nada. Quiero que te la comas.

            Me mira con expresión divertida, pensando que es una broma. Algo debe leer en mis ojos, a la luz tenue del piloto interior del coche, cuando la expresión de su cara se ensombrece y sus labios tiemblan como si acabara de tragarse un vibrador. 

            —¡Tío, déjate de rollos y cuidadito conmigo...! 

            No termina su amenaza: la interrumpe en cuanto ve el cañón de mi treinta y ocho apuntándole a la frente. 

            —Cómetela —le ordeno por segunda vez, sin siquiera alzar la voz. 

            Se echa a llorar. Sabía que era un mierda. Le golpeo con fuerza el ojo derecho con el cañón, y le dejo el párpado colgando. No sabía que podía brotar tanta sangre de algo tan pequeño. «Cómetela», repito. Por lo menos, ahora ya sabe que voy en serio. Se traga la bolsita del tirón, como si fuera una pastilla, moqueando como un niño desolado. Le tiendo la segunda y me ruega que no le obligue a hacerlo. A punta de revólver se come cuatro, cinco, diez bolsitas de un cóctel letal de cocaína con estricnina. Doce, quince. Cuando va a tragarse la número veintidós, ya sabe que morirá en cuanto los jugos gástricos hagan su trabajo. Sin dejar de llorar, formula la última pregunta de su vida. En realidad, fueron dos.

            —¿Por qué me haces esto? ¿Quién eres?

            —Soy el padre de Colín —le contesto, y le tiendo la bolsita número veintitrés.

           He respondido a sus dos preguntas con una sola respuesta. El taxista del infierno acepta una bolsa tras otra, sin dejar de llorar y de pedir perdón. De repente, pone los ojos en blanco y comienza a echar espuma por la boca. Quedan nueve bolsitas. Se ha tragado cuarenta y una como un campeón. Unas convulsiones y todo acaba. Subo la bandera del taxímetro, quito el contacto del coche y se hace la oscuridad. Al final, no ha cobrado su última carrera. Recojo el sobre con mis tres mil euros y me lo guardo en el bolsillo. Es la primera vez en mi vida que dejo algo sin pagar. Siempre he sido un ciudadano ejemplar. Decido volver a la ciudad campo a través. Un paseo nocturno no me vendrá mal. Mientras camino a la luz de la luna, limpio muy bien el revólver y lo entierro lo más profundo que me permiten mis manos desnudas. Me da igual que algún día lo encuentren. Si lo hacen y la pista les lleva a mí, me la suda. He hecho lo que tenía que hacer. He perdido a mi hijo Colín, sí, pero a partir de esta noche dormiré tranquilo.

            He mandando al taxista del infierno adonde debe estar.

2 comentarios:

  1. Impresionante. Muy buena historia. Me ha encantado!

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    1. Muchas gracias, Rosa. Me alegro de que te haya gustado. Un beso. :)

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