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lunes, 30 de julio de 2012

SIDDHARTHA DE TRIANA (por Escritor de Lomo Ancho)



Una vez más, tengo el gusto de alojar en mi humilde blog a una firma invitada: el ya conocido por todos "Escritor de Lomo Ancho". Hoy nos regala un relato autobiográfico que trata de sus inquietudes espirituales. No os lo perdáis:

El año pasado por estas fechas experimenté un Satori, un despertar de la consciencia repentino, un destello de iluminación que me llevó a aprovechar las vacaciones de verano para intentar una Odisea como nunca antes en mi vida de urbanita se me había pasado por la cabeza... Y en mala hora, como descubrí después.

El caso es que no sé qué me habrá hecho rememorar la hazaña un año después. Debe de ser "la caló" porque de otra forma no se explica que hayan regresado a los cierros de mi cabeza los estrafalarios acontecimientos que me tocó vivir y de los que, encima, no puedo culpar a nadie, porque fui yo solito quien los buscó.

De manera que a modo de sortilegio quiero plasmarlos por escrito, que dicen los psicólogos que eso es muy bueno para ahuyentar los demonios de las vivencias pasadas y mal digeridas.

Como he dicho, más o menos a estas alturas de julio pero del pasado año, no sé si por un ignoto golpe dado en la cabeza o por una mala postura en la cama durante el sueño (es curioso, las viejas de pueblo siempre que no saben encontrar motivo para un dolor, acuden a la siempre válida "mala postura" durante la noche para explicarlo) me desperté con una sensación de iluminación existencial irrefrenable. Mi vida ya no me complacía, hacer todos los días lo mismo era ya un coñazo y deseaba (o necesitaba) cambiar, dejarlo todo, abandonar mi cómoda existencia cosmopolita para tratar de vislumbrar qué hay más allá de la realidad holográfica que nos circunda.

De manera que me determiné a aprovechar las inminentes vacaciones de Agosto que se acercaban para hacer el triple tirabuzón escarpado hacia atrás, y ese mismo día a la hora del almuerzo solté la bomba entre mis atónitos familiares más allegados: "La semana que viene me voy a un retiro budista en las montañas más altas de España y me retiro durante una temporada del mundanal ruido".

Mi madre, que estaba sentada a mi derecha disfrutando unos exquisitos y caseros huevos fritos con patatas, ni levantó la mirada del plato porque entró en shock en ese mismo instante. Acostumbrada como está a mis locuras, salió pronto del trance y con el mismo tono con el que uno piensa "este niño es tonto, de verdad que es tonto...", me devolvió la respuesta que su mente fraguó en una millonésima de segundo: "Anda, Diego, hazme el favor de comerte las patatitas que se te está bajando el azúcar".

En mi familia es bien sabido desde tiempos inmemoriales que cuando uno empieza a decir tonterías es que, una de dos, o se le está bajando el azúcar o la tensión. De forma que mi madre me llamó gilipollas pero con la exquisita dulzura y condescendencia con la que sólo ellas saben tratar nuestros accesos de estupidez.

Pero mi resolución no flaqueó. Yo había tenido una iluminación, algo dentro de mí, pero más poderoso que yo, me llamaba a la montaña. Era como un instinto estepario, gregario quizá, que me decía que debía abandonarlo todo y buscar el Conocimiento que sólo los que han acallado sus mentes y espíritus logran alcanzar. O eso creía yo... claro.

Ya había hecho mis deberes, así que entre correo electrónico va y correo electrónico viene, durante la jornada de mañana en mi trabajo, descubrí que en la Cordillera Subbética, en ese edén andaluz que llamamos Sierra Nevada, concretamente entre los pueblos de Lanjarón, Órgiva y Pampaneira (los situados a mayor altitud de España) hay un asentamiento budista apartado del mundo, nada menos que a 1.800 metros de altura. Perdidos y aislados en una de aquellas imponentes montañas, esta comunidad budista vive alimentándose de lo que cultivan, así como practicando el reposo, la quietud y el aquietamiento de los sentidos y la mente para alcanzar el Nirvana.

¡Sí señor... eso era lo que yo quería...! Alcanzar el Nirvana, con dos cojones ahí, pero por la vía rápida, que para eso soy andaluz. Yo quería hacer un Veni-Vidi-Vinci espiritual. Es decir, llegar, estar allí una semanita, darle la mano a Buda en las alturas nirvánicas y regresar después bien repuesto e iluminado a mi vida normal, que todavía me quedarían tres semanas de vacaciones y eso había que aprovecharlo.

Si mi plan resultaba exitoso, lograría desintoxicarme del ruido incesante de la mente parlante, elevar mi espíritu, depurar mi cuerpo a base de verduritas (con lo que además me pondría buenorro porque perdería peso) y estar de vuelta, pongamos en.... Cádiz, para disfrutar de la playita y las barbacoas en casa de mis tíos. Listo... definitivamente aquello era lo que me estaba llamando desde mi interior. El Nirvana a la distancia de mi brazo. Preparado y esperando a ser alcanzado por mí. Incluso pensé que, si la cosa se me daba bien, sería menester tener preparado un nombre alternativo al mío, y por el que se me recordaría como el occidental que un buen día apareció en aquella comunidad monástica tibetana y les enseñó a todos cómo se hacen las cosas en Triana. ¡Triana!, ¡Pues claro!... Ahí estaba: Me llamaría Siddhartha de Triana. Así me presentaría para impresionar a los monjes y que supieran desde el primer momento que iba en serio.

Dios mío, qué confundido estaba. Poco podía yo prever en aquel almuerzo en el que anunciaba mi viaje y renuncia al mundo, la que se me venía encima...

El caso es que no había empezado mi aventura de elevación kármica, y ya el plan tenía lagunillas. Mi madre, que descubrió que mi gilipollez, al igual que mi determinación, no tenía límites, se apunto al plan de inmediato. "Pues si tú vas, yo también me apunto". No lo hacía por empatía espiritual, sino porque estaba convencida que si no venía conmigo, acabaría despeñado por algún barranco o, lo que es mucho peor, terminaría por no merendar alguno de aquellos días. Y eso sí que no ¿eh?. Mi madre puede soportarlo todo en este mundo, pero que yo no meriende la pone en DEFCON 1. Eso está por encima de Buda, de Dios y de la misma Virgen que se ponga por delante. "Merienda niño, que estás mu delgao y tienes mala cara". Ese es su mantra.

Pero ahí no acababa la cosa. Mi mujer, que se apunta a un bombardeo, por supuesto se sumó al plan ipso facto. Ella, como buena fémina y a diferencia de mi madre, tenía otros intereses en no dejarme marchar solo. "Que te crees tú que vas a estar por ahí una semana entera sin mi... Amos hombre, enga ya, como si yo no conociera a las Granaínas. Los cojones te vas a ir tú solo a perderte una semana por ahí". Y así finiquitó mis esperanzas de libertad, silencio e introspección antes incluso de que comenzaran.

A partir de ahí, en mi casa se montó un campamento de intendencia. Mi madre preparó neveras portátiles con todo tipo de viandas, hielo, botellas de agua, coca-cola (que sube la tensión), valeriana (que la baja), y hasta un paquete de 6 bollycaos... En fin, que no nos quedaríamos sin merendar por el camino.

Mi mujer cogió una maleta de 120 litros de capacidad y la llenó de cremas solares, after sun, repelente de mosquitos, Vicks Vaporub, un botiquín y unos zapatos de tacón, por si una noche salíamos... "¿Por si una noche salíamos?... ¡Pero por Dios, que íbamos a un retiro budista, no a Marbella!". Pero eso a ella le daba igual, atajó mi protesta de forma expeditiva: "Nunca se sabe, y yo no puedo hacer un viaje sin unos buenos zapatos de tacón de Marypaz".

La Virgen ¡qué espectáculo!. Yo ya anticipaba el resultado de nuestra entrada triunfal en el retiro budista... Si es que llegábamos.

El caso es que con todo dispuesto, salimos a la calle para coger el coche y poner rumbo a Granada, para desde ahí abordar el ascenso a los picos anteriormente mencionados. Y, nada más salir de casa nos llevamos la primera bofetá. En la acera había un grillo y frente a él un termómetro del ayuntamiento. Y el grillo miraba al termómetro, y el termómetro miraba al grillo. Y a nosotros nos caían 45 grados en perpendicular sobre la cabeza que se derretía en chorros de sudor. Y es que, con la ilusión de conquistar el Nirvana mientras estábamos a salvo en casa con el aire acondicionado a todo gas, se nos había olvidado que estábamos prácticamente en Agosto. Aquello no era una buena señal.

Pero no nos dejamos intimidar, y con más ganas que nunca, nos introdujimos en el vehículo y nos marchamos a la búsqueda de la paz interior.

Tres horas más tarde llegamos a la base de la montaña en cuya cima se asienta el monasterio budista. Frente a nosotros, con el coche en ralentí, vimos un cartel de madera escrito a mano: "RETIRO BUDISTA OTSELÍN. Ascensión de 1.800 metros. 10 grados de pendiente. PELIGRO: NO HAY CARRETERA."

Aquello descompuso a mi madre, hizo que mi mujer entrase en semi coma diabético y que yo mismo empezase a temer por nuestra integridad física. Había varios aspectos que analizar las palabras de aquel letrero:

1º.- El monasterio budista tenía un nombre que no daba confianza. "¿Joselín?... ¿A qué budista de los huevos se le ocurre ponerle ese nombre a tan elevada posición de ascensión a los 7 paraísos Védicos?". Pero bueno... supuse que era una cacofonía propia de las diferencias culturales de Oriente y Occidente.

2º.- "1.800 metros de ascensión, sin carreteras y con una pendiente de 10 grados de desnivel". Además, añadían "PELIGRO", como queriéndose descargar de todo descalabro que pudiera acontecer a quien se aventurase a perturbar la paz del enclave.

3º.- ¿Se suponía que debía proceder a subir esa locura, con mi Suzuki Swift?. Dios Santo, ¡pero si mi coche ya cumple con tirar con el aire acondicionado puesto y no desmayarse!

De forma improvisada organizamos un cónclave familiar pada decidir si abordábamos aquella subida o si dábamos por finalizada allí mismo nuestra apuesta por la inmortalidad del alma. Las posturas fueron encontradas. Mi madre, siempre valiente, sentenció al más puro estilo de Aníbal Barca: "No hemos llegado hasta aquí para detenernos ahora". Yo, añadí (como queriendo quitarle hierro a una posible rendición): "Tampoco pasa nada si no subimos y buscamos un hotelito con wifi". Y mi mujer cerró los ojos mientras negaba con la cabeza para decir: "Al final no usaré los zapatos de tacón que me he traído. Con lo monos que son".

En fin, que cada uno tenía sus propias inquietudes en aquel instante trascendental. De manera que tiramos p'alante y los tres al unísono entonamos un "Que sea lo que Dios quiera".

Y Dios quiso que tardásemos más en subir 1.800 metros con un Suzuki Swift en primera, que en llegar de Sevilla a Granada; Y quiso Dios también que el coche derrapase en media docena de ocasiones poniéndonos a los tres en peligro de muerte por despeñamiento; Y quiso también Dios que el agua almacenada en el maletero ya no estuviera fría y que no la pudiéramos ni beber, y que los bollycaos estuvieran derretidos, como nuestros sesos... y que nos sintiéramos como acorralados en una cajita de metal

Pero llegamos. Lo logramos todos juntos y unidos. Fue como una gran victoria familiar. Cuando nos echamos abajo del coche, nos abrazamos compartiendo sudor y calima, al tiempo que tragábamos polvo, porque las montañas parecen de piedra y compactas cuando se las mira en la lejanía, pero en realidad son de tierra que se deshace en polvo cuando uno las pisa y ese descubrimiento nos mutó el aspecto, porque los tres estábamos blancos, como empanados en suciedad. Éramos como tres croquetas de pueblo o, mejor, tres polvorones de La Jijonenca, dando saltos de alegría delante de una estatua de bronce dorado de Siddhartha, con muchos brazos y la lengua fuera.

Aquella estatua no me dio buen feeling porque jugarse la vida y la de la familia, para subir 1.800 metros tras 4 horas de calvario, para que un tío te saque la lengua, no da buen rollo.

Nos repusimos como pudimos y nos aprestamos a indagar qué era aquel asentamiento y si alguien vivía allí realmente. Así que me eché por el cuello un corro de agua caliente como las candelas y dispuse mi mejor sonrisa por si alguien me salía al paso. Anduve en compañía de mi mujer y mi madre como media hora, cuesta arriba, por supuesto, y con más mierda en los botines que un nazareno cuando acaba la estación de penitencia en la madrugá.

Quiso el destino que nos cruzásemos con una señorita con la cabeza rapada y una túnica color azafrán que paseaba por aquellos lares, lo que por lo menos nos demostró que allí, además de chicharras, vivía gente. La saludamos con un "hola, buenas tardes... Hace calorcito ¿verdad?", pero la buena dama ni giró la cara para responder. Continuó con su paso almohadillado y pasó delante nuestra hasta perderse por una falda de la montaña. Nos quedamos estupefactos. Yo le dije a mi madre, "mira que si nos hemos encontrado con la versión tibetana de la niña de la curva" (ya saben, esa niña que se aparece de noche a los conductores de carreteras secundarias y que desvanece como buen fantasma que es, cuando se la mira).

Mi madre, tuvo menos paciencia y humor que yo. Pesaba el calor, el viaje, la subida y el polvo. Así que estalló: "¡Mira la tía oye!, que no nos va ni a saludar... tendrá poca vergüenza". Yo traté de calmarla, porque de allí a terminar todos en comisaría había un paso. Eso sí, si primero nos bajaban de la montaña.

Accedimos al cabo de un rato a una cabañita de madera que tenía un letrero "INFORMACIÓN Y LIBRERÍA". Así que de nuevo bendijimos nuestra suerte. Parecía que la búsqueda había concluido. Entramos, y nos saludó exquisitamente una mujer con pinta de hombre, o un hombre con pinta de mujer. Juro que todavía no sé qué era. Debe ser que alcanzar el Nirvana transmuta los géneros femenino y masculino en la Unidad del Ser, donde ya no hay dualidades y los opuestos se encuentran armoniosamente. O eso, o como dicen en mi tierra, simplemente era más fea que su puta madre.

Guapa no era, pero hospitalaria sí. Así que nos dio agua fresquita y hasta se ofreció a hacernos un té con menta. Aquello era música para nuestros oídos, así que accedimos a todas las prebendas que sin duda nos merecíamos tras el suplicio. Cuando nos hubimos serenado, mi madre (que no se guarda una) le soltó que por el camino de entrada nos habíamos topado con una "malaje" que ni nos había saludado. El hermafrodita de la LIBRERÍA - INFORMACIÓN" nos aclaró que la señora en cuestión se llamaba Rampachanivabua y que tenía voto de silencio durante el tiempo que estuviera en el retiro, que era un plazo no menor a 3 años, 3 meses, 3 semanas y 3 días.

"¿Rampacha... qué?" preguntó mi madre riéndose, "pero si esa mujer no es tibetana, ni china ni ná. Esa es de Conil de la frontera. Se lo digo yo". A lo que la hospitalaria incómoda de ser mirada comentó que allí, cuando uno se retira del mundo para adentrarse en el vacío, lo primero que se abandona es el nombre.

Aquella era la mía: "!Ole!" grité yo... "Si por algo me había preparado el pseudónimo apropiado... Siddhartha de Triana, para servirla". Los tres nos reímos, pero la mujer con bigote, o el hombre sin tetas, no encajó bien la broma. Y acto seguido cambió de tema: "¿Han reservado estancia?".

Mi madre miró a mi mujer y ésta duplicó la hiel del odio de sus ojos cuando encaramó sus iris sobre mi cogote.

"¿Reserva?" es lo único que me salió del gaznate.

"Claro, para quedarse aquí han de reservar cabañita, para eso tenemos web y para eso tenemos teléfono. Nos gusta atender a nuestros huéspedes lo mejor que podamos. También contamos con wifi, tienda de regalos y transfer para recoger a los turistas en Granada capital y subirlos por la carretera norte que da directamente al resort."

Mi madre casi se desmaya, mi mujer empezó a temblar y yo quería que alguien me disparase allí mismo.

Ni retiro, ni meditación, ni ascensión a los cielos del Prananayama. Aquello era un tipicalish y nosotros nos habíamos jugado la vida para llegar hasta allí y que nos pusieran un té con menta. Para colmo, como no teníamos reserva, ahora teníamos que despeñarnos de nuevo para regresar a Granada, como croquetas sudorosas, si queríamos comer caliente y dormir en cama decente.

Así que exploté y me cagué en toda la jerarquía celestial tibetana, jurando que sería la última vez que mis deseos de iluminación repentina me quitarían ni un sólo día de vacaciones más. Pero, eso sí, llevo un año justo soportando los reproches de mi mujer y de mi madre que todavía guardan rencor por la experiencia extrasensorial que me dio hace ahora un doce meses, y que casi acaba con nosotros en algún barranco de una montaña cualquiera de un retiro que no existe. Ahora entiendo el porqué de la estatua de Buda con la lengua fuera que recibe a los visitantes. Debe ser el equivalente al monigote de inocente, inocente que empleamos en España para cachondearnos del personal.

NOTA: TODOS LOS ACONTECIMIENTOS NARRADOS EN ESTA HISTORIA SON VERÍDICOS. TODO OCURRIÓ TAL COMO SE CUENTA Y EN EL ORDEN EXACTO EN QUE HAN SIDO EXPUESTOS.
Firmado:
Escritor de Lomo Ancho

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