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viernes, 22 de junio de 2012

Y HOY ENTRÉ EN UN CHINO... (por Escritor de Lomo Ancho)


Hoy vuelvo a traer a este blog una firma invitada. Se trata de un escritor —entre otras muchas cosas— que responde al pseudónimo de «Escritor de Lomo Ancho». Me envió ayer esta reflexión acerca de las famosas y omnipresentes "tiendas de chinos" y fue tal el ataque de risa que me dio, sobre todo a cuenta de las verdades como puños que enumera, que le pedí que me dejara compartirlo con vosotros. Aquí os va. Espero que os haga reír tanto como me hizo reír a mí.

Sí, debo confesarlo: hasta ayer no me digné a entrar en un "Chino". Y no hablo de sus restaurantes, porque en esos he comido mucho y bien, sino de esas tiendas que desafían las leyes de la física (porque más cosas no caben por centímetro cuadrado) y las de la economía (porque no me explico sus precios). Pero eso lo analizaré un poco más tarde.

La variedad de nombres que empleamos en mi tierra para este tipo de tiendas es increíble: "Tienda de los 20 duros"; "El todo a cien"; "El barato"; "El chino"... Úsese a placer según el buen gobierno de cada cual.

El caso es que otras veces me había quedado en la puerta, aguardando pacientemente a que mi señora se aventurase en su jungla comercial de artilugios baratos, a la caza y captura de una gomilla para el pelo, una pulserita de determinado color a juego con su pintauñas o cualquier otra aberración que me hacía perder un tiempo de mi vida que ya no recuperaré.

Pero entrar, lo que se dice entrar, ¡y solito!, no lo he hecho hasta esta mañana.

Y mi sorpresa ha sido mayúscula porque me había venido perdiendo un espectáculo sin igual. He aprendido lo que no está en los escritos. Pero trataré de narrar el asunto tal como ha ocurrido, porque no tiene desperdicio.

El caso es que elegí uno de los varios establecimientos que hay en mi barrio. Porque, eso sí, mi barrio ya no es mi barrio: es Chinatown. En una calle de tres palmos de largo, hay una zapatería china, una ferretería china, una frutería china y una tienda china que en su interior tiene zapatería, ferretería y frutería, de lo que deduzco que estos establecimientos son como naves nodrizas que después dispersan naves pequeñitas que se despliegan en minucioso orden de conquista por todo el barrio. Y además, deduzco esto porque los locales comerciales chinos no se ocupan, se reforman, se llenan de suministros y se abren al público. No, nada de eso. Las tiendas chinas se plantan, se riegan por la noche y a la mañana siguiente ya están ahí... ¡Operativas!, en lo que tú has tardado en dormirte una siesta.

En cuanto puse un pie en el felpudo de entrada me quedé hipnotizado por la elegancia y el orden. Pude ver con asombro y a primer golpe de vista que los elementos se combinan de manera tal, que el ingeniero de programación de eventos de MOMA de Nueva York bien haría en tomar notas.

Había una cabeza de goma de Iker Casillas junto a una depiladora con pilas recargables; un balón de fútbol amarillo al lado de los flotadores de cabeza de pato (aquellos que juré en mi más tierna infancia que no volvería a ver pero que allí estaban, treinta años después, para martirizarme). Encontré, como puede encontrar cualquier aventurero que entre en este particular Amazonas comercial, una hucha con la cara de Espinete (que en paz descanse) junto a un kit completo de lavado, encerado y limpiarañazos para coches... En suma, ríase usted de los millones que se gastan cada año en Carrefour e Hipercor para estudiar el comportamiento de los clientes a la hora de comprar, y así disponer productos, colores y reclamos. Estos chinos han revolucionado este arte con su técnica sin igual: a la vista; junto y inservible, (en andaluz: Tó pá ná) pero barato de cojones.

Continúo...

Sobrepuesto a mi primera impresión, no quise ser descortés y, por el contrario, me instituí en imaginario embajador de la buena educación española, de manera que miré a la china que estaba haciendo las veces de cajera (una mezcla de Mamma siciliana y hombre con pechos) a la que regalé mi mejor sonrisa, al tiempo que le soltaba un "¡Hola, buenos días!".

La señora me miró sin abrir los ojos y me dijo en un perfecto castellano "¿Cómo?". De forma que deduje que la buena mujer no llevaba en nuestra tierra ni 48 horas, así que no traté de explicarle qué eran los buenos días y seguí con mi incursión. Pero aquello no pintaba bien...

Entré por la calle de productos que se abría majestuosa justo frente a mí. Una de las más de quince que formaban la planta baja del garito. Y allí mismo comenzó mi catarsis personal.

Lo primero que descubrí es el ingenio que tienen estos chinos para vendernos la moto como si fuera de marca.

Tomé en mis manos (por lo que garantizo que no fue un sueño) un reproductor de música SONIC; también acerté a descubrir que hay calculadoras CASPIO; y de reojo, un poco más allá, pero en la misma sección, vi tampones para la mujer de la marca TRANCAX. Que digo yo, que ahí no han estado muy finos: o la traducción les ha fallado, y no tanto por el hecho de que TRANCAX y TAMPAX no dan el pego igual, sino porque si a los chinos les hubieran explicado lo que es una buena TRANCA seguro que no le ponen ese nombre a lo que las señoras precisan unos días al mes para su alcancía carmesí. O quizá sí, quién sabe...

En ese momento precisé respirar profundamente y quitarme el aluvión de incertidumbre de mi cabeza. Era la primera vez en la tarde que tenía que vaciar mi mente ante tanta información combinada, y no sería la última, porque en ese preciso instante, otro cliente que había dos calles más allá, en la sección de ferretería-artículos de baño-perfumes-y calzado... Tó junto, se dirigió a la Mamma chino-siciliana de la entrada y le preguntó: "Perdona, mi arma, ¿Tú me sabrías decir si tenéis una arandela de doble remache, pero hembra, que el macho ya lo tengo yo en el taller, para unir una llave en "L" a una pértiga de estaño policromado?". A lo que la china respondió: "Atrás, al fondo, tengo del tres y medio y del dos, con cinco remaches".

En ese instante entré en shock: de forma que la hija de la gran puta no sabía qué eran los buenos días, pero entendió perfectamente el galimatías que el colega le acababa de soltar y para el que ni mi español, ni los cierros de mi cabeza, estaban preparados.

Aquello me dejó perplejo. Debe ser que antes de meterte en un barco contenedor chino con rumbo ilegal a Gibraltar, para colonizar las calles de toda España, en el diccionario rápido de la lengua castellana de combate, la llave en "L" con doble remache y la pértiga de estaño policromado, están antes que el "Hola"...

Es para cagarse.

Total, que por segunda vez en medio minuto, tuve que hacer acopio de mis fuerzas para borrar todo aquello de mi mente y seguir adelante con mi vida.

Me repuse, y torcí a la derecha para aventurarme en la siguiente calle de productos y ahí ya creí morir, porque ya no era sólo cuestión de la insondable capacidad china para el mimetismo de las marcas, o para la traducción simultánea y técnica de los términos de alta fontanería. No, lo que me aguardaba era peor: ahora me iban a enseñar Economía, y de la buena. Ríase usted de las asignaturas cursadas en la Facultad.

Resulta que me dirigí al más inofensivo de los artilugios que se pueda uno echar a la cara: una llave inglesa. Venía bien equipada, tenía hasta cierre de seguridad y estaba perfectamente emblistada en plástico, con instrucciones incluídas en 5 idiomas y anagramas en color. Hasta ahí, todo perfecto. Pero lo que pudo conmigo fue su precio: ¡0,80 céntimos! La Virgen Santa: ¡Menos de un eurillo!.

Pero vamos a ver. O yo me estoy volviendo loco, o que alguien siga conmigo mi razonamiento y me diga dónde está el truco...

Esa llave inglesa tenía el reclamo de MADE IN CHINA. Bien, eso significa todo lo siguiente:

En China hay, como mínimo, una factoría que se dedica a hacer esas llaves inglesas. Esa factoría tendrá, por lo menos, una nave industrial, con su correspondiente alquiler mensual, su gasto de luz, de agua, su cadena de montaje, su robot mecanizado, sus soldadores, sus empaquetadoras, etcétera... Habrá tenido que comprar el hierro a toneladas, para hacer millones de llaves inglesas como aquella; tendrá que pagar sueldos (aunque sean miserables); habrán tenido que contratar el transporte de las cajas de las llaves inglesas, ya manufacturadas, hasta el muelle de embarque del puerto más cercano; ha habido que pagar aduanas, aranceles, fletar la carga, pagar según el tonelaje del envío, llevar a otro puerto en Gibraltar (más pirata que el de Playmóbil) y allí, entra en acción una empresa de transporte, que lleva esos pallets de cajas a una central logística y desde ahí, un montón de camionetas de reparto hacen que aquella puta llave inglesa esté colocada en la posición en que yo me la encontré en la tienda de mi barrio.

Que se me explique lo siguiente:

¿Cómo coño come el chino de la tienda, el del reparto, el de la distribuidora, el armador, los puertos, se pagan los impuestos y aranceles, y gana dinero el chino mafioso de la fábrica que hace las llaves inglesas, si yo sólo he pagado 0,80 céntimos de euro, Precio Final al Cliente?

Y, mientras se piensa en la respuesta, ¿alguien me puede responder por qué enviar un paquetito de mierda a una capital cualquiera de mi propio país me cuesta 12 eurazos por mensajería privada, si desde el otro confín del mundo llegan productos por 0,5 céntimos vía Tavistock y en carguero transoceánico?   

Aquello ya fue demasiado para mí. Di la mañana por bien empleada, e incluso por sobrevivida. Decidí salir de la tienda porque el dolor de cabeza podía conmigo, y justo cuando cruzaba el pretil de mi escapada, en completo silencio, la jodía china me suelta: "Se dice adiós, por lo menos..." 

ESCRITOR DE LOMO ANCHO

1 comentario:

  1. ¡¡ME HE PARTIDO DE RISA!! ;-)

    "Escritor de lomo ancho" se pregunta exactamente lo mismo que el resto de los mortales sobre el apasionante mundo de "los chinos", pero lo ha contando con tal arte y gracia que sería meredor de una figurita: "Oscar al mejor"...(Made in China, ¡por supuesto!) je,je.

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