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miércoles, 9 de mayo de 2012

DE SÁTIROS, GABARDINOS Y OTROS ESPECÍMENES (por Mercedes de Miguel González)


Hoy tengo el placer de presentar en mi humilde blog un relato en clave de humor escrito por una invitada muy especial: la formidable escritora Mercedes de Miguel González, autora de "La mente del asesino" y "Tormenta" (de próxima publicación). Es un honor para mí que mi amiga Mercedes me permita compartir con todos vosotros estas hilarantes líneas que vienen a continuación. No os las perdáis: vais a moriros de risa.

A.M. Caliani



 DE SÁTIROS, GABARDINOS Y OTROS ESPECÍMENES

Dura vida la del que sale de su casa cada mañana, como si nada, para esperar la reacción de la gente, y cuando digo gente me refiero preferentemente a las féminas.

            Antes, los gabardinos estaban mejor considerados, no en vano formaban parte del paisaje urbano y no desentonaban en absoluto. Podías encontrarte a uno de ellos en un probador de El Corte Inglés o mientras dabas un paseo con tu novio por el parque. En el primero de los casos, cuando entrabas al camerino y observabas que el elemento vestía una gabardina abrochada hasta el cuello en plena canícula veraniega —más llevadera gracias al climatizador de los grandes almacenes—, gafas negras de Mike Hammer y manos temblorosas, comenzabas a desvestirte lentamente para probar la prenda que traías contigo sin prestarle la menor atención, al tiempo que el cristal del espejo de cuerpo entero comenzaba a empañarse de forma incomprensible. 

            Ignorando al compañero de habitáculo y, tras enfundarte esa falda corta dos tallas menos de la que te corresponde —con gran optimismo por tu parte y un: «bueno, dos días sin comer y entro en ella sin problemas»—, ves que ése ha decidido airearse un poco y  ha dejado su cuerpo serrano al descubierto, mirándote con una mezcla de chulería y timidez infantil. Miras tu reloj —«No me lo puedo creer, ¡si ya son las 6!» y, en lugar de colgar en la percha la prenda que has desechado, se la colocas en la mano que tiene en ángulo perfecto con su tronco. Te mira enarcando las cejas, casi con un rictus de tristeza, huele la faldita unos instantes y sale muy digno del probador sin mirarte.

            Pero ahí no ha terminado tu aventura. Como hace buena tarde y no te apetece coger el bus, bajas andando hasta tu casa —apenas dos kilómetros—, venciendo todas las prevenciones que tu abuelita y las amigas de tu abuelita te han dado previamente acerca de no pasar sola cerca de los parques «porque hay mucho hombre malo que hace guarrerías».

            Los gabardinos de ciudad se parecen todos entre sí. Probablemente, en esto haya unos estándares mínimos que han de seguir para pertenecer a ese colectivo. Si un día te da por denunciar a alguno y tienes la suerte de que en comisaría no te tomen a pitorreo, te enseñarán fotografías idénticas (gabardina, gafas de Mike Hammer…), una tras otra, en las que te será imposible reconocer al «tuyo». Caso cerrado y denuncia directamente enviada al archivo policial.

            Otro lugar muy frecuentado por los gabardinos de ciudad son los aparcamientos oscuros en los que los novios van a morrearse en su coche por la noche. En invierno son tan atrevidos que quitan con la mano el vaho de los cristales para poder visualizar el interior, algo que les hace descargar mucha adrenalina porque es justo el momento en el que, por su experiencia en la materia, saben que se les puede pillar. Ella es la que suelta habitualmente el chillido de alerta cuando ve la nariz aplastada del tipo contra la ventanilla, grito que corta toda inspiración al novio de forma drástica. Éste pone cara de mala leche y, sin molestarse en subirse los pantalones, sale hecho una furia del vehículo para comprobar que el personaje baja dando saltitos por el terraplén con riesgo de resbalar y llegar con la gabardina llena de barro a su casa, donde su madre, que le suponía trabajando a esas horas, le preguntará qué le ha ocurrido para llegar de esa guisa.

            Luego están los rurales, que no cuidan en absoluto su look, aunque, eso sí, proliferan en los pueblos como los champiñones. Tanto es así, que actualmente se está haciendo un estudio en la NASA sobre los ORNIS (objetos rurales no identificados), con retrato robot-tipo de los aborígenes que se dedican, no a abrirse la gabardina —que de eso no usan ni saben para qué sirve— sino a bajarse los pantalones que llevan atados con una cuerda, en lugar de con el consabido y mucho más cómodo cinturón de toda la vida. El retrato robot muestra un estereotipo perfectamente definido y reconocible, aunque en ese momento no esté ejerciendo las labores propias de su «profesión a tiempo parcial»: barba negra poblada, estatura chaparreta, anchos de espalda y culo perfectamente proporcionales a un cubo, pantalones más cortos de lo que dictan los cánones de la moda de cualquier época conocida y atados, como decíamos antes, por una cuerda de las de ahorcarse pero más fina. En resumen: el Hombre de Atapuerca con boina.

En cualquier caso —y esta es una recomendación dirigida a las posibles víctimas de un encuentro fortuito con tan entrañables especímenes—, nunca tenéis que poneros nerviosas ni, mucho menos, asustaros. Ver un rictus de terror en vuestro rostro les hará empalmarse, que es lo que precisamente persiguen jugándose el tipo por caminos solitarios. Pero como son más inofensivos que un madelman, si ese día queréis hacer una buena obra e iros a dormir con la conciencia tranquila, amagad un conato de inquietud, tapaos la boca para acallar el grito de pavor que él tendrá que imaginarse queréis soltar y nunca, nunca, bajo ningún concepto se os ocurra reír y soltarle algo así como: «Por Dios, ¿y para enseñar eso tanta parafernalia?»

 Mercedes de Miguel González                                                          
                                           
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3 comentarios:

  1. Ya en el segundo párrafo me estaba riendo a carcajada limpia. Me ha encantado el relato, fresco, divertido, ingenioso... Incluso me ha traído a la mente una historia de hace años, que debía estar escondida en un cajón de mi memoria.

    Mi enhorabuena a la autora y mi agradecimiento por ser capaz de transmitir como lo hace y regalarnos este relato tan divertido.

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  2. Me ha recordado a una ocasión en la que me topé con un gabardino je,je.

    Uhmmm, hice algo mal -ahora me doy cuenta-, porque le dije algo que la autora de tan divertidísimo texto nos recomienda no hacer nunca, nunca, nunca...Pero, bueno, en aquel caso me funcionó y el susodicho se largó ruborizado "con su miniatura entre las piernas" je,je.

    Enhorabuena y gracias por sacarme una sonrisa matutina.

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