LA IGLESIA (Próximamente)

jueves, 15 de septiembre de 2011

Recordando al héroe


En cuanto crucé su verja, comprobé que la Residencia Santa Hermenegilda difería bastante de la imagen gótica que mi mente había tejido basándose únicamente en el membrete del fax recibido el día anterior, un fax que me había impulsado a embarcarme en un viaje de más de seiscientos kilómetros en mitad de una semana plagada de trabajo. El edificio, de líneas rectas y paredes blancas, contemplaba desde sus tres pisos repletos de ventanas los cuidados jardines y la explanada del aparcadero que se extendían bajo su sombra. Afuera, una decena de hombres y mujeres navegaban sin rumbo fijo inmersos en su propio mundo, en un plano muy distinto del que yo acababa de invadir a bordo de mi BMW.  Antes de alcanzar la doble puerta de aluminio y cristal que daba acceso a la residencia, fui interceptado por un empleado de bata blanca, mentón cuadrado y ojos centelleantes que a pesar de tener su cabeza pincelada de canas no debía llegar a los treinta y cinco. Su radiante sonrisa me dio la bienvenida, y su mano la rubricó con un apretón capaz de aplastar el caparazón de una tortuga.
                —Usted debe ser don Luis Ribalta —adivinó.
                —Y usted debe ser el Increíble Hulk —la mano me latía como si le acabaran de implantar el corazón de un gorila adulto; el hombre de la bata blanca se encogió de hombros, me regaló su sonrisa más inocente y me liberó de su presa.
                —Lo siento, señor Ribalta… a veces no controlo la fuerza. Soy Jesús Gómez, celador jefe del centro. El doctor Fernán me pidió que le disculpara: le surgió un compromiso de última hora en la ciudad y me rogó que le recibiera en su nombre. Espero que no le importe…
                —Me parece perfecto —concedí, devolviéndole la sonrisa.
                —Sígame, por favor —me pidió, para seguidamente pastorearme a través de vestíbulos y corredores donde nos cruzamos con varios pacientes que a veces nos ignoraban y a veces nos observaban con sonriente descaro—. A todo esto, no le he dado el pésame por lo de Tonio. Lo siento muchísimo.
                —Gracias.
                —¿Era familia suya?
                Negué con la cabeza justo en el preciso momento en que el celador se paró en seco.
                —Hemos llegado —anunció, a la vez que abría una puerta—. Pase, por favor.
Pasamos a un despacho de paredes adornadas con cuadros abstractos del todo a cien, estanterías sin barnizar preñadas de tomos añejos que a pesar de acumular polvo de años estaban por estrenar, y una mesa con un sillón de polipiel y dos sillas dignas de cuarto de interrogatorio. Sobre la mesa, además de un batiburrillo de papeles, carpetas, y material de oficina, había una caja de latón ilustrada con temas victorianos que parecía tener cien años. Una caja que originalmente, en otra era, había salido de Inglaterra cargada de galletas.
                —Este es el despacho del doctor Fernán —explicó Jesús a la vez que recogía la caja de galletas de la mesa—. Él fue quien envió el fax a su despacho. Tenga, esto es lo que dejó Tonio para usted —el celador me tendió la caja—. No tengo ni idea de lo que contiene. Si desea abrirla en privado, puedo dejarle a solas…
                —De ningún modo. Quédese aquí, por favor.
Abrí la caja, que en un principio me pareció estar vacía de lo poco que pesaba, y desvelé su contenido: una gorra azul marino con las siglas NY bordadas en hilo de oro que reconocí de inmediato, y que además de estar raída por los años, tenía signos de haber sido acariciada por el fuego. Bajo la gorra, un sobado ejemplar de El Principito de Saint-Exupéry ocultaba una foto erosionada por los vientos del tiempo, donde se podía ver a un Tonio sonriente abrazando a un niño de unos diez años. Ambos mostraban al objetivo sus dedos formando una V de victoria. Jesús se asomó por encima de mi hombro para examinar la foto.
                —Nunca había visto esa fotografía —confesó—. ¿Conoce a ese chico?
                Asentí con la cabeza.
                —Soy yo.
                El celador paseó su vista de la foto a mi rostro, cotejando el parecido de mis treinta y ocho años con los once del niño que posaba junto a un Tonio que exhibía feliz su sonrisa abierta, mostrando con orgullo unos dientes grandes, irregulares y divergentes capaces de desafiar a una coral de dentistas. Sus orejas, paquidérmicas, se extendían en toda su envergadura debajo de la gorra que ahora yo sostenía en mi mano. Sólo sus ojos azules, unos ojos con luz propia, de mirada algo ida y soñadora, eran lo suficientemente hermosos para eclipsar las facciones hechas a golpes de Tonio.
                Fue entonces cuando le di la vuelta a la foto y me encontré con su mensaje póstumo, escrito con su temblorosa caligrafía, a veces ilegible y siempre repleta de faltas de ortografía:
                «Gracia luis siempre fuite mi hamigo».
                Por primera vez desde que recibí el fax comunicándome la muerte de Tonio, las lágrimas brotaron de mis ojos, incapaz de contenerme a pesar de que no soy propenso al llanto, y menos aún delante de celadores rompemanos. Jesús me dedicó una mirada acostumbrada a bregar con sufrimiento y me palmeó el hombro un par de veces, a modo de consuelo.
                —De esta foto hace veintiocho años —expliqué, recuperando el control a base de tragar bocanadas de lágrimas—. Nos la hicimos poco después de que Tonio entrara a trabajar de portero en el edificio donde vivían mis padres.
                —¿Hace mucho que no ve a Tonio? —me preguntó Jesús; en aquel momento lo interpreté como una pregunta capciosa.
                —La última vez que le vi yo tenía alrededor de veinte años —confesé.
                El celador dibujó una sonrisa comprensiva y volvió a contemplar la foto.
                —La verdad es que Tonio cambió muy poco físicamente —apuntó—. ¿Sabe que fue él mismo quien vino a esta residencia cuando se jubiló? —negué con la cabeza—. Nos ofreció la totalidad de su humilde pensión y ayudarnos en lo que pudiera si le dejábamos quedarse aquí. Esta residencia no es barata, pero le pusimos a prueba, y él demostró con el tiempo ser una gran inversión para el centro. Para entendernos, era un currante nato. Dio el callo hasta el último día.
                —Siempre le recuerdo armado de escoba, cubo y fregona, puliendo la solería como si quisiera convertirla en un espejo —rememoré—. ¿Dónde está?
                —En la capilla. Los de la funeraria llegarán de un momento a otro.
                —¿Vamos? —le pedí a Jesús.
                La capilla de la residencia tenía un aforo para unas cuarenta personas, incluyendo al sacerdote y al Cristo que la presidía. Unas velas apagadas ocupaban una esquina del recinto, y unos bancos de orar que parecían de quinta mano formaban militarmente frente al altar. Delante de éste, un ataúd barnizado y rematado con un crucifijo dorado contenía los huesos cansados de mi amigo de la infancia. Aquel que tantos disgustos me había costado con mis padres, con mis amigos, con la gente de la calle. Aquel que sin meterse con nadie, parecía atraer el rechazo sólo por ser diferente al resto. Tonio el Retrasado, era el título que el vecindario le había otorgado a modo de sambenito. Para mí, sin embargo, fue Tonio el Héroe. La universidad, el trabajo, mi esposa, mis dos hijas, mi nueva casa de ciento cuarenta metros cuadrados… Todas esas cosas, que no habrían existido si no llega a ser por Tonio, lo habían relegado a un enésimo plano que ahora reconocía, no sin pesar, como olvido. Sin embargo, él me tuvo muy presente hasta el final de su vida. Su corazón, blindado contra el desgaste del tiempo, había demostrado ser más fuerte y más puro que el mío.
                No pude contener una nueva oleada de lágrimas que se deslizó mejillas abajo. Jesús me condujo fuera de la capilla, al pasillo desierto, lejos de aquel ataúd al que casi ni me atrevía a mirar sin sentirme decepcionado conmigo mismo.
                —No se culpe —me dijo Jesús, leyéndome el pensamiento—. Apuesto a que él no se sintió defraudado por usted; la gente como Tonio se conforma con muy poco, y lo que a nosotros nos parece escaso a ellos les parece un mundo —Jesús sacó El Principito de la caja de galletas abierta que yo sostenía como si fuera el cuarto rey mago a punto de hacer la ofrenda—. Así que fue usted quien le enseñó a leer. A veces Tonio hablaba de eso, pero nunca mencionó su nombre. Se refería a usted sencillamente como “mi amigo el chico”.
                —¿Nunca le contó lo que sucedió hace veintiocho años?
                —No, pero si contármelo le consuela, adelante.
                —Fue alrededor de 1980. Yo vivía con mis padres y mi hermana en uno de los edificios más modernos de la ciudad. Fuimos los primeros habitantes del piso. Aún recuerdo el olor a nuevo de las habitaciones, olor a obra, a cemento y a pintura. Al principio, la comunidad tuvo un portero viejo y cascarrabias —Tobías, recuerdo que se llamaba— que murió de cáncer a los pocos meses de estar allí. Tonio le sustituyó a su muerte.
                —El presidente de la comunidad fue un pionero en contratar a un discapacitado mental en aquellos años —apuntó Jesús—. En aquella época no era nada frecuente.
                —No sé si fue por bondad o porque salía mucho más barato que cualquier otro trabajador —apuntillé, incisivo—. De todas formas, Tonio traía unas referencias más que buenas: había sido portero de otro edificio que el ayuntamiento decidió demoler, y se había quedado en la calle. Fueron las monjitas que lo acogieron después de aquello quienes lo recomendaron a la comunidad.
                »En cuanto Tonio ocupó la portería, comenzó a ser el blanco de las burlas de los hijos de los vecinos. No es que le hicieran canalladas horrendas, pero sí que le gastaban bromas que él encajaba con sonrisas estoicas: le pisaban lo fregado, le daban recados para vecinos que no existían, le metían perros callejeros en el portal… ya sabe, cosas de niños.
                —Yo también fui un prenda de pequeño —confesó el celador, mirándome de soslayo—. A veces pienso que trabajo en esto para redimirme de mi carrera criminal.
                —Pero aquello no fue lo peor —continué—. La mayor de las injusticias comenzó a brotar de la población adulta del edificio, capitaneada por mi propio padre. Tonio lo único que hacía era limpiar veinticuatro horas al día, bajar la basura y dedicar saludos amables a todos los inquilinos del bloque. Pero ellos comenzaron a invocar fantasmas que no existían: que si los retrasados eran peligrosos, que si a todos les daba por lo mismo… ¿Sabe de qué le hablo?
                —Por supuesto. El tópico de siempre. Aún luchamos contra él.
                —A mí Tonio me caía muy bien. Es cierto que tenía un retraso más que evidente, pero… ¿Cuál podría ser su edad mental? ¿Doce o trece años? ¿Y cual era la mía? ¿Diez, once? Para mí Tonio era un adulto que funcionaba como yo, un compañero de juegos falto de cariño que se dejaba impresionar por la mínima muestra de afecto. Cuando me enteré que no sabía ni leer ni escribir, me propuse enseñarle, y mire por donde, amigo mío, lo logré.
                »A mi padre le sacaba de quicio verme en la portería, sentado junto a Tonio en la mesa camilla con mis libros antiguos, enseñándole lo poco que yo sabía. Tonio era duro de mollera, pero increíblemente tenaz, por lo que al cabo de los meses acabó leyendo y escribiendo. Bueno, su caligrafía y su ortografía jamás fueron de amanuense —reconocí, a modo de mea culpa.
                Jesús me sonrió y elevó la ceja.
                —Hoy en día hay chavales que van al colegio que escriben peor que él: Dios maldiga a los teléfonos móviles y a los mensajitos del demonio…
                Asentí con la cabeza y continué con mi relato:
                —Un día, al llegar a casa, mi padre me sorprendió con un tercer grado en toda regla, un tercer grado que sólo entendí años después. Me preguntó si Tonio me tocaba, si me enseñaba revistas de mujeres… cosas así. Mi padre se preguntaba a gritos qué demonios hacía yo pasando tantas horas con un subnormal. Así le definía él. Por mucho que le juré que Tonio jamás me había hecho nada malo, mi padre decidió que yo no iría más a la portería. «Porque lo digo yo».
                —Conozco ese incunable: es el lema de la sinrazón.
                —Pero mi padre no se limitó a eso —proseguí, y me di cuenta de que el tono de mi voz se revestía con las espinas del rencor—. Mi querido progenitor se proclamó caudillo de una cruzada contra el pobre Tonio que le llevó a recorrer cada puerta de cada piso, advirtiendo al vecindario del riesgo que corrían sus hijos con aquel depredador suelto. De eso me enteré mucho tiempo después, cuando ya era adulto —apunté—. Ya sabe como funcionan esas cosas: comienza el runrún por los rellanos y la alarma corre alimentada por el combustible de la preocupación paterna. A los pocos días, el presidente de la comunidad tuvo sobre su mesa una queja denunciando hipotéticos peligros que sólo existían en las mentes histéricas de una caterva de adultos que presumía de una formación inmejorable, de deslumbrantes títulos universitarios, de envidiables puestos de responsabilidad o de empresas que funcionaban como relojes suizos. Y en la parte contraria Tonio, ajeno a lo que estaba pasando, incapaz de interpretar las miradas recelosas que le ametrallaban en el portal y que se preguntaba, en silencio, qué habría hecho mal para que yo hubiera dejado de ir a la portería, a charlar y a jugar con él. Porque Tonio, en el fondo, era un niño como yo.
                »El día de su cumpleaños reuní mis ahorros y le compré este libro —le tendí a Jesús el ejemplar de El Principito, y éste lo abrió en un acto reflejo para darse de narices con una dedicatoria escrita con letra de palo, la letra inconfundible de un niño—. La escribí yo.
                —“Tonio, eres el mejor” —leyó Jesús en voz alta—. No va firmada.
                —No hacía falta —dije, encogiéndome de hombros.
                —¿Echaron a Tonio del trabajo?
                —No le echaron, pero su penitencia fue aún mayor: le condenaron al ostracismo. A los pocos que le queríamos se nos prohibió hablar con él, pero nadie movió un dedo por reprimir a los desalmados que le amargaban la vida. «Así se cansará y se irá él mismo», decían por los descansillos. Ese comentario piadoso venía a menudo de señoras de misa diaria, de esas que miden la religión en minutos pasados dentro de una iglesia.
                »Y un día ocurrió la catástrofe. Uno de los miembros femeninos del sanedrín contra Tonio, una viuda de rosario en mano, peluquería dos veces por semana y aroma a perfume rancio, tuvo un descuido con un brasero y originó un incendio que devoró con ansia los cortinajes decimonónicos que vestían su piso. Las llamas se propagaron con tal voracidad que el edificio entero tuvo que ser evacuado. Aquello sucedió a media mañana: los hombres se encontraban trabajando, los niños en el colegio, y yo en cama amodorrado, con anginas y unas décimas de fiebre. Mi madre, que me había dejado solo el tiempo justo para ir a comprar el pan, se topó a su regreso con una multitud que contemplaba el incendio desde la calle. Desesperada, intentó entrar en el edificio, gritando sin parar que yo seguía allí dentro, pero los vecinos se lo impidieron, alegando que los bomberos estarían a punto de llegar. Pero hubo alguien que, ignorando todas las advertencias, se lanzó dentro de aquel horno sin pensárselo dos veces:
                —Tonio —adivinó Jesús.
                —Tonio —confirmé—. Subió por las escaleras hasta el tercero, donde vivíamos, armado con una copia de la llave que tenía en la portería. Ignorando el humo y el fuego, irrumpió en casa llamándome a gritos. El salón ya era un infierno, y la atmósfera sofocante: aún recuerdo las toses y el escozor de los ojos. Tonio me cogió en brazos, protegiéndome con su cuerpo todo lo que pudo, y atravesó la hoguera de San Juan en que se había convertido el salón. Cuando salió a la calle llevándome en brazos, los bomberos, que acababan de llegar, no daban crédito a la hazaña. Lo siguiente que recuerdo fue que se llevaron a Tonio al hospital en una ambulancia. ¿Ve usted esta vieja gorra? Tonio la llevaba puesta ese día. Después del incendio, no se la quitó ni para dormir. Quizá él lo considerara una especie de amuleto, quien sabe…
                —Así que las quemaduras que Tonio tenía en la oreja y en sus brazos fueron debidas a aquel incendio —dedujo Jesús—. Nunca nos contó cómo se las había hecho.
                En aquel momento, los empleados de la funeraria aparecieron por el pasillo, interrumpiendo nuestra conversación. La hora de llevar a Tonio a su lugar de descanso eterno había llegado. Jesús y yo acompañamos al carrito que transportaba el féretro en procesión por el pasillo, que había sido convenientemente despejado por el personal del centro para ahorrar a los pacientes el lúgubre paso del ataúd.
                —¿Va a ir al entierro? —me preguntó Jesús, ya en la salida de la Residencia.
                —Es lo menos que puedo hacer. Muchas gracias por escucharme, Jesús.
                El celador se despidió con una palmada amistosa en el hombro, y se quedó afuera hasta que entré en el BMW. Cuando me disponía a arrancar para seguir al coche fúnebre hasta el cementerio, oí que Jesús me llamaba:
                —¡Espere! ¿Y cómo acabó aquella historia para Tonio?
                Sonreí a Jesús a través de la ventanilla:
                —Su historia acabó bien: rodeado de gente buena, como usted. Pero no olvidemos que aún quedan muchos Tonios ahí fuera que sufren lo mismo que él sufrió.
                —Seguiremos luchando para arreglar eso —prometió Jesús, que tras dedicarme una última sonrisa y un gesto de despedida con la mano, desapareció en el interior de la residencia.
                Mientras seguía al coche fúnebre por la carretera que llevaba al cementerio, comprobé que en el asiento trasero reposaba la corona de flores que había encargado esa misma mañana. Desviando un segundo la mirada hacia el cielo, recordé lo que ponía la cinta que la engalanaba:
                “A Tonio, un gran héroe”.
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Recordando al héroe por Alberto Martínez Caliani se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

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