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jueves, 8 de septiembre de 2011

La peor cena de mi vida

La peor cena de mi vida © Alberto Martínez Caliani




Nunca viví una cena tan terrible como la de aquella tarde de julio de 1981, en Inglaterra. Por aquel entonces, yo tenía diecisiete años y me alojaba en una modesta casita de dos plantas de un barrio humilde no muy alejado de Londres, en el condado de Surrey, propiedad de los Kellington, una joven familia que a pesar de gozar de tan sonoro apellido, hospedaba a estudiantes extranjeros por pura y dura necesidad. Ralph Kellington era un gigantón treintañero con aspecto de leñador que se deslomaba de lunes a viernes en alguna empresa de Wimbledon hasta las seis de la tarde, hora en la que se cenaba en casa por muy antinatural y herético que aquel horario me pareciera, acostumbrado a degustar por la tarde un Cola Cao calentito y un bocadillo como Dios manda. Nada más llegar, Ralph pedía su cena (que le era servida en una bandeja oval del tamaño de un ovni) y administraba justicia a ritmo de bofetada entre sus dos hijos varones de los que hablaré más adelante, concediendo una amnistía ilimitada a su niña pequeña, de apenas dos años, que al menos ese verano gozaba de patente de corso con su padre. Su esposa, Susan, pertenecía a esa clase de mujeres que te hacen replantearte tu orientación sexual a simple vista: huesuda como un espectro coronado por una melena lacia, rubia, pobre y sucia; un eterno cigarrillo en la comisura de los casi inexistentes labios mal pintados; la misma voz estridente de la madre de Brian en la película de los Monty Python y dos pellejos en lugar de pechos que, libres de un más que necesario sujetador, apuntaban hacia el suelo como si señalaran la bajada a los infiernos.
                El matrimonio tenía tres hijos, que en 1981 contaban con nueve, siete y dos años. El mayor, Jack, era el que mejor me caía de toda la familia: un chaval simpático y educado, de brillantes ojos azules y un porte que recordaba a Peter O’Toole antes de que éste decidiera que beber agua era una pérdida de tiempo. Ahora que lo pienso, después de la famosa película de Tim Burton, el pobre Jack habrá tenido que soportar más de una broma por llamarse Jack Kellington. Una pesadilla antes, durante y después de la Navidad.
                A Jack le seguía un imbécil de siete años, pelo rizado y nariz de payaso llamado Greg, que para colmo de males nació medio sordo, por lo cual hablaba medio raro, lo que le hacía parecer medio tonto, y como medio tonto que era, era consciente de que lo parecía, lo que le infundía una mala leche fuera de lo común. Sólo oírle hablar provocaba un irrefrenable deseo de estrangularlo. Si Greg hubiera pertenecido a una de esas etnias que sacrifican anualmente a un niño para aplacar las iras de los dioses, tened por seguro que la tribu habría nominado a ese pequeño cabrón por unanimidad.
                Por último estaba la pequeña y linda Rachel, una sonriente cría de dos años, poseedora de esa melenita rubia y lacia que hace que millones de niñas anglosajonas parezcan clones. El único defecto que tenía aquella criaturita era que, al igual que el caracol carga con su casa allá donde quiera que vaya, Rachel arrastraba eternamente consigo ese célebre orinal de plástico cuyo mascarón de proa representa a un hierático pato con ictericia. Debido a aquel nimio detalle yo, que por suerte o por desgracia poseo el olfato de un pointer, sabía exactamente dónde se encontraba Rachel en cada momento sólo por el olor.
                La casa, a pesar de tener dos plantas y dos jardines, era humilde, estaba mal amueblada y exudaba pobreza por los cuatro costados. Obviamente, el presupuesto para el rancho era también bastante limitado, a pesar de que la única comida realmente cocinada era la cena. Por fortuna el lunch, embalado en una bolsa de papel que yo abría como si se tratase de la mismísima caja de Pandora, se componía de cosas más o menos comestibles: un huevo duro sin sal que solía acabar en la cabeza de alguno de mis compañeros del colegio al que asistía por las mañanas, una manzana del tamaño de una ciruela, y un sándwich que deglutía como si fuera ciego, ya que nunca fui capaz de identificar la mezcla tan rara de alimentos que mantenía adheridas las dos rebanadas de pan de molde. De todas formas, a pesar de que Susan no me obsequiara con delicatessens, el lunch era pasable.
                La cena era mucho peor: si sumamos la mala sombra de la gastronomía británica con el poco presupuesto doméstico y añadimos a ello la poca habilidad de Susan en el arte culinario, obtenemos una bazofia digna de una cárcel medieval de tercera. Mi primer cara a cara con el menú de Susan y la sala de los horrores que era su cocina fue a los cinco minutos de llegar de España, siete de la tarde hora local, equipaje en mano y muerto de hambre y sed. La cocina de los Kellington era diferente a todo lo que yo había visto hasta ahora: no sé si usaban gas butano o queroseno puro como combustible de fogones, porque las llamaradas que surgían de la encimera me hacían retroceder como si me rociaran con un lanzallamas; un pequeño horno de sobremesa era usado día tras día para carbonizar literalmente unas lonchas de beicon que se retorcían dolorosamente entonando un crepitante y desgarrador grito mientras su grasa caía en la base del aparato, que jamás fue limpiado; un segundo horno, éste más grande y con pinta de crematorio, permanecía cerrado a cal y canto, reservado quizá para tiempos mejores que yo nunca —gracias a Dios— disfruté. Lo primero que me preguntó Susan fue si tenía sed, y cuando le respondí afirmativamente, me señaló una garrafa llena de un líquido naranja neón que confundí —incauto de mí— con zumo de naranja. La muy canalla, haciendo gala de la maldad que había transmitido genéticamente a su hijo Greg, dejó que me sirviera un vaso de aquel brebaje, que tragué con avidez como si fuera agua. Cuando dejé el vaso sobre la mesa de la cocina pensé que iba a desmayarme. Susan, en cambio, se revolcaba de risa, emitiendo estridentes carcajadas coreadas por las de sus dos hijos mayores, que brincaban a mi alrededor ejecutando la danza de la muerte. Lo que acababa de meterme entre pecho y espalda era un concentrado de naranja cuyas instrucciones indicaban que debía ser disuelto en una proporción de diez a uno en agua, y ahí estaba yo, al borde del síncope, tras ingerir una sobredosis de vitamina C que habría bastado para erradicar el escorbuto de la tripulación de un barco pirata. Mientras me reponía de aquello, divisé sobre la mesa un cuenco que contenía trozos no identificados de algo que no supe si era carne desmenuzada o recuerdos macabros de Hiroshima. Lo primero que pensé fue: «¡Dios, vaya mierda van a darle al gato!». Lo segundo que pensé cuando Susan me lo puso por delante es que se trataba de una broma más.
                Pues no, queridos amigos: no se trataba de una broma.
                Aunque aquella tarde me zafé del cuenco de la muerte mediante una excusa peregrina, día tras día tuve que lidiar con las cenas de Susan, que para colmo, se perpetraban en familia. Ralph presidía la mesa, yo me sentaba a su izquierda, a mi lado la pequeña Rachel sobre su omnipresente orinal de pato; el asiento frente a mí era ocupado usualmente por Jack; a su derecha, Greg el Sacrificable quejándose eternamente por todo, y en la presidencia opuesta a la de Ralph, Susan, que una vez servida la bazofia del día la contemplaba como si ésta fuera la obra maestra definitiva de la nouvelle cuisine, sin cesar de interrogarme con la mayor de las insistencias si la cena era de mi agrado. Nunca mentí más que en los dos meses que soporté ese martirio.
                Susan era una pésima cocinera, pero no tenía un pelo de tonta, así que a pesar de mis mentiras piadosas, sospechaba que yo no era precisamente el presidente de su club de fans. Recuerdo aquella tarde en la que me retrasé a causa de una actividad escolar y Susan tuvo a bien condenarme a una sopa de letras. Mientras formaba en mi plato todas las palabrotas del español a excepción de una, imposible de escribir al no encontrar una mísera eñe, Susan se sentó a mi lado y me hizo una proposición que en aquel momento me pareció imposible de rechazar: me preguntó cuál era mi comida favorita.
                No os miento si os aseguro que en ese preciso instante vi gravitar sobre la cabeza de Susan, a modo de corona de santo, una dorada, jugosa y resplandeciente tortilla de patatas. Cuando silabeé “tortilla de patatas”, ella se quedó con cara de haba, sin tener ni idea a qué demonios me refería. Al final, tirando de diccionario, ambos descubrimos que tortilla española se dice en inglés spanish omelette. Pues vaya por Dios. Aquella noche, mis deseos fueron órdenes para Susan, que me prometió que iba a pedirle un libro de recetas españolas a una amiga de Carshalton y que en tres o cuatro días tendría mi tortilla. Yo no terminaba de creérmelo: tenía que prepararme física y mentalmente para ello, no fuera a darme un paro cardiaco ante tan delicioso manjar. A partir del día siguiente comenzó una cuenta atrás que fue seguida con entusiasmo por toda la familia: cuatro días para la “toertisha”, como ellos la llamaban… tres días, dos días, un día… y llegó el Día T de toertisha, damas y caballeros.
                Por la mañana ni probé el lunch: quería estar dolorosamente hambriento para honrar la maravillosa tortilla de patatas que me había prometido Susan, a la que ahora veía con otros ojos. ¡Qué simpática era, la canijilla! ¿Y Ralph? ¿Que zumbaba a los niños por cualquier cosa? ¡Anda ya! ¿Cómo podemos llamar pegar a administrar leves y necesarios correctivos físicos? ¡Y qué graciosa la niña, cagándose como un adorable mirlo rubio por toda la casa! ¡Y Jack, qué encanto de chaval! ¿Y Greg? ¿Qué me decís de Greg? A Greg ahora le deseaba una muerte rápida en lugar de una lenta agonía. Definitivamente, mi visión de los Kellington y de su acogedora mansión había dado un giro de ciento ochenta grados.
                Y llegué a casa a las seis menos cinco de la tarde. Toda la familia se encontraba ya sentada a la mesa, que Susan había adornado con un candelabro cargado con unas velas kitsch que habrían vuelto loco a Paco Clavel, apagadas, por supuesto, para que el imbécil de Greg no las tirara provocando un incendio capaz de devastar un condado que había logrado sobrevivir a los bombardeos de la Luftwaffe. Tanto Ralph como los niños esperaban a que Susan, que había cerrado la cocina a cal y canto para crear un clima de misterio y expectación, hiciera su entrada en el salón portando la exótica exquisitez. Todos reclamaban un adelanto sobre lo que se iban a encontrar, y yo, con mi limitado vocabulario de inglés, me quedaba sin palabras exaltando con los ojos en blanco el portento que se avecinaba. Por fin, la puerta de la cocina se abrió dando paso a una exultante Susan sosteniendo una bandeja cargada de platos que contenían algo que, a bote pronto, confundí con centollos puestos boca abajo. Cual tahúr repartiendo cartas, Susan plantó delante de cada uno de nosotros (a excepción de Rachel, que esperaba su papilla montada en su pato receptor de residuos orgánicos) una de aquellas cosas. La cara de Ralph adoptó una expresión similar a la de un gigante de la Isla de Pascua cuando su esposa, con una orgullosa sonrisa rematada por uno de sus perennes cigarrillos, anunció sin anestesia que aquellos fibromas extrauterinos eran las toertishas.
                ¡No! ¡Eso no podía ser mi tortilla de patatas! Lo que había frente a mí era una especie de disco informe de unos veinte centímetros de diámetro por tres de ancho, cubierto de una pelambrera que recordaba el vello púbico de una sueca electrocutada en la bañera, de color tan indescriptible como el vino que vende Asunción, que habría sido idóneo para acompañar dicho plato. Ralph me dedicó una mirada de odio: «Colega, esto te lo debo a ti. Como no me guste te voy a arrancar los huevos y con ellos sí que me haré una tortilla». Con pulso tembloroso, efectué una incisión en la masa peluda, y aunque nunca he ejercido la cirugía, tuve la sensación de estar realizándole la autopsia a un ahogado. Frente a mí, a mi izquierda, un nuevo drama cobraba vida: Greg comenzaba a hacer pucheros tras introducir un trozo de aquella deleznable plasta en su boca.
                —Stop that noise[1]! —amenazó Ralph a su hijo, más encabronado por lo que le aguardaba en su plato que por los (esta vez comprensibles) sollozos de su retoño.
                —But… but… I don’t like Spanish food[2]!
                Puede que en aquel momento de tensión, Ralph considerara la frase de su hijo como un insulto de relevancia internacional, así que apoyándose en la mesa, propinó una sonora bofetada a Greg que tuvo un efecto más grave que de costumbre: el niño, formando con sus labios un cuadrado tan perfecto que habría podido albergar sin problemas un cubo de Rubik, adoptó un espeluznante color morado y se quedó tan petrificado como un horripilante cromo en tres dimensiones. La escena debió parecerle extremadamente divertida a Jack, que estalló en carcajadas mientras que Ralph y Susan intentaban por todos los medios que Greg gritara, respirara, parpadeara o tuviera alguna reacción humana distinta a morirse.
                Arrastrada por lo que iba a acabar siendo una crisis nerviosa en toda regla, Susan abofeteó por segunda vez a su cianótico hijo, obteniendo esta vez un resultado sin precedentes: el niño se licuó. De los ojos brotó un mar de lágrimas; de su boca cascadas de babas; de sus poros olas de sudor; una creciente mancha en el pantalón reveló que se estaba meando, y dos pompas de mocos similares a globos de chicle se hincharon en sus fosas nasales, lo que empeoró el ataque de risa de Jack. Estas carcajadas terminaron por sacar de quicio a su padre, que decidió trocarlas en llanto para armonizar la cacofonía desencadenada por el ahora aullante Greg. Jack, con la marca de la mano de su padre en la mejilla, rompió también a berrear, desconsolado. Rachel, solidaria, se unió a la llorera de sus hermanos, y Ralph, con rostro alarmantemente desencajado, nos instó a todos a seguir comiendo la tortilla de la discordia.   
                Absolutamente acongojado, procedí a deglutir un trozo en apnea. El sabor era simplemente indescriptible de lo abominable, y la textura, escalofriante: pelos de huevo rebozado se mezclaban con superficies de arenoso pellejo y trozos de algo parecido a patata se aplastaban a cada mordisco liberando un icor viscoso. Aquella cena se transformó en una liturgia de silencio, en un sollozante ritual en el que nos comimos mi ilusión encarnada en vil comistrajo. Cuando por fin me quedé a solas con Susan en el comedor, una vez que cada mochuelo voló a su olivo, ella se excusó por la escenita y me pidió mi opinión acerca de su tortilla. No sólo me faltó valor para ser sincero con ella, sino que deshonré a mi madre afirmando que la tortilla que acababa de comer era mejor que la suya. Ella volvió a disculparse en nombre de su familia, alegando que el paladar inglés es diferente al español, y que no me ofendiera si tanto ella como los suyos pensaban que la tortilla de patatas era un plato de dudoso gusto. Tampoco tuve fuerzas para rebatirle aquello. Fue entonces cuando me detalló cómo había cocinado la tortilla:
                Susan, que casi sufrió un infarto al ver el precio del aceite de oliva en el supermercado, decidió realizar unos cambios de su cosecha en la receta: en lugar de freír las patatas, las hirvió —con cáscara, como suele hacerse en Inglaterra—, cortándolas posteriormente en trozos y rebozándolas en mantequilla y huevo (de ahí surgió la pelambrera que cubría la masa). ¡Por supuesto, nada de sal! Tras facilitarme detalles adicionales sobre la elaboración de la tortilla, inventé una excusa, fingí dar una vuelta por el barrio y me metí los dedos hasta la campanilla debajo de un puente ferroviario que había a unos cien metros de la casa. Siempre consideré aquel acto como un exorcismo gastronómico. Aquella fue, definitivamente, la peor cena de mi vida, tanto por el menú servido como por la tensión que lo rodeó.
                Mes y medio después, cuando regresé a casa, mi madre me preguntó qué me apetecía cenar. Sin poder evitarlo, me acordé del engendro de Susan y sentí miedo. Mucho miedo. Pero de pequeño me enseñaron que el miedo hay que vencerlo, así que, por segunda vez ese verano, pedí una tortilla de patatas.
                Aquella noche degusté la tortilla de patatas de mi madre con bocados lentos. Una deliciosa tortilla de un huevo, poco hecha, con las patatas y la cebolla en su punto… y desde esa noche decidí que los traumas no existen. Al menos para mí.      

© Alberto Martínez Caliani. Inscrito en el Registro General de la Propiedad Intelectual con el nº 00/2009/66



[1] ¡Para ese ruido!
[2] ¡Pero… pero… a mí no me gusta la comida española!

2 comentarios:

  1. jajaja, que grande. Yo también tuve un incidente "tortillero" en este caso en Dublín. Aunque el resultado fue, por supuesto, una completa aberración indigna de llamarse tortilla, el ambiente era bastante más distendido y nos reímos un montón.

    Eh, soy tu primer comentario. ¿hay premio? XD
    Saludos

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  2. ¡Claro! Has ganado un trocito de la tortilla momificada que guardo en un frasquito de muestras médicas desde hace 30 años. :)

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