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lunes, 12 de septiembre de 2011

El caballero del viento





Conocí a Fred a principios de junio de 1964, pocos días después de que mi familia y yo nos mudáramos al rancho que mi padre compró al sudeste de Milwaukee, en Wisconsin. Yo estaba a punto de cumplir dieciséis años, y la perspectiva de una vida en el campo, con el pueblo más cercano a seis millas de casa, me infundía una sensación de eterno disgusto. Para colmo Maude, mi hermana de ocho años, estaba encantada con la bucólica vida a la que mi padre nos había abocado, convirtiéndose en el arma perfecta para reprender mi actitud. «Fíjate en Maude, Peter: ella nos lo pone todo más fácil. ¿Por qué no te esfuerzas por adaptarte?». ¡Cómo si aquello fuera fácil! Mi padre, más pragmático, veía la solución a medio plazo: «Déjalo ya, Marsha: pronto irá a la universidad y se convertirá en el típico chico de ciudad que se avergüenza de sus orígenes. Las cosas son así». Mi padre terminaba a menudo sus frases con esa coletilla: las cosas son así. Y aunque mi padre se expresara con la rudeza típica de un cowboy, en parte no le faltaba razón: yo deseaba salir de allí como fuera, aunque también es justo decir que jamás renegué de mis orígenes rurales y mucho menos me avergoncé de mi familia.
                Aquellos primeros días en el rancho los pasaba holgazaneando, jugando con los perros o explorando los alrededores, hasta que una mañana me sobresaltó el rugido de un motor profanando el silencio del campo. Detrás de mí, volando casi a ras del suelo, apareció un viejo avión biplano que parecía sacado de un documental en celuloide rancio de la Primera Guerra Mundial. El piloto me vio, porque distinguí una mano enguantada saludándome al pasar por encima de mi cabeza. Fui lo suficientemente valiente como para no agacharme al paso de la ensordecedora máquina (si hubiera echado a correr, habría parecido una versión adolescente de Cary Grant en «Con la Muerte en los Talones») y para mantener la cabeza alta hasta comprobar cómo el aparato desaparecía detrás de una loma. Recuperado del susto inicial, perseguí al biplano a la carrera, coronando a los pocos minutos, entre jadeos, la cima del cerro.
                Y así descubrí los dominios de Fred, desde una atalaya perfecta para contemplarlos: alrededor de una pista de aterrizaje que recorría como una recta cicatriz el campo de norte a sur, había un enorme hangar con sus puertas abiertas; al lado de este edificio principal distinguí un pequeño surtidor de gasolina cubierto con una marquesina de chapa oxidada y, algo alejada de todo aquello, una pequeña casa de dos pisos con un porche adornado con macetas cargadas de flores. Haciendo caso omiso a la voz en off de mi padre recordándome desde dentro de mi cabeza que la curiosidad mató al gato, descendí por la ladera hasta llegar al aeródromo. Al fin y al cabo, no había vallas ni alambradas que delimitaran la propiedad. Mientras me acercaba con pasos vacilantes hasta la pista de aterrizaje, una voz con acento extranjero me dio la bienvenida desde detrás del avión:
                —Hola, chico. Acércate, no tengas miedo.
                La verdad es que no sentía miedo alguno, pero sí una fuerte curiosidad por ver de cerca al viejo avión y a su piloto. Aquello me pareció una estampa inusual en el campo de Wisconsin.
                —¡Acércate! —me insistió mientras guardaba los gruesos guantes en uno de los bolsillos de su cazadora de cuero. Era un hombre alto, de cabello escaso y cano, con unos penetrantes ojos azules y una sonrisa franca y decidida. Su edad era difícil de calcular por su jovial porte, pero las arrugas de su rostro revelaban que tenía más de setenta años. En cierto modo me sorprendió ver que era un anciano.
                —¿No tiene calor con esa cazadora? —le pregunté.
                —Ahí arriba no hace tanto calor como aquí abajo —respondió el piloto elevando sus ojos al cielo—, y como ves, las carlingas de este avión son abiertas.
                Efectivamente, el biplano tenía dos huecos en tándem para albergar a un piloto y a un copiloto. Con delicadeza, pasé la mano por el fuselaje, y me sorprendió su tacto: estaba recubierto de tela.
 
         —¿Sabes qué tipo de avión es? —me preguntó el viejo—. Es un Bücker BU-131 Jungmann, un auténtico acróbata del viento. ¿Has volado alguna vez? —yo negué con la cabeza—. Es una experiencia maravillosa —suspiró—. Vives por aquí, ¿no?
                —Mi padre es el dueño del rancho que está hacia el sur.
                —¡Ah, el rancho del viejo Loewenthal! El pobre hombre murió el año pasado. Era muy mayor.
                —¿Loewenthal? ¿Era alemán?
                —Tan alemán como yo —respondió el piloto con una sonrisa—. No sé de qué te extrañas: en Milwaukee hay más alemanes que cabezas de ganado. A todo esto, no me has dicho tu nombre…
                —Me llamo Peter. Peter Renfield.
                —Llámame Fred —dijo extendiendo su mano, que no dudé en estrechar—. Encantado, Peter Renfield. Si tu padre te da permiso, podrías volar conmigo algún día —Fred palmeó la zona del fuselaje justo debajo de uno de los habitáculos—. Este cacharro tiene cabida para dos.
                Mi conversación con Fred se prolongó durante unos minutos más, y luego emprendí el camino de regreso a casa. No estaba seguro si la invitación del viejo había sido pura cortesía o si efectivamente estaba dispuesto a llevarme con él en el biplano. La idea de volar en aquel avión me seducía enormemente, pero temía que mi padre me prohibiera hacerlo. ¡Qué demonios, en pocos días cumpliría dieciséis, ya no era un niño! En aquel momento decidí que no iba a dejar que mi padre arruinara lo único que quizá podía ser divertido en mitad de aquel edén para vacas.
                Dos días después me atreví a volver al aeródromo, donde encontré a Fred en el hangar, inmerso en las tripas de su Bücker. El viejo se puso muy contento al verme. Era evidente que se sentía tan solo como yo. Mientras trasteaba con el motor del avión, me contó que había llegado a América en 1919 y que se había casado con una preciosa chica de Iowa llamada Emma, que por desgracia no le había dado hijos antes de su prematura muerte, en el cuarenta y cinco. Durante la mayor parte de esos años, Fred había trabajado como instructor de vuelo en Milwaukee, hasta que en 1955 adquirió el terreno para construir su propio aeródromo.
                —Me habría encantado fundar una escuela de pilotos aquí —suspiró, con un deje de tristeza en la voz—. Por desgracia, la administración opina que ya soy demasiado viejo para hacerlo y me negó la licencia de apertura —Fred me dedicó una sonrisa melancólica—. Al menos me permiten utilizar el aeródromo para uso particular, algo es algo.
                —¿Me enseñarías a pilotar? —las palabras salieron de mi boca a toda velocidad, como si un mecanismo ajeno a mi voluntad las hubiera disparado automáticamente—. No tengo dinero, pero podría ayudarte trabajando en el aeródromo… ¡Me encantaría aprender!
                —¿Te dejaría tu padre? —fue lo único que me preguntó Fred.
                No sé por qué, pero me di cuenta en aquel preciso instante que aquellos ojos azules funcionaban como una especie de detector de mentiras. Algo en mi interior me dijo que, si le mentía, mi naciente amistad con Fred se iría al garete de un plumazo.
                —No lo sé, no pienso preguntárselo. Lo único que sé es que deseo volar con todas mis fuerzas —aseguré, clavando mis ojos directamente en los suyos—. Lo que piense mi padre me importa un pepino.
                Fred se acarició el mentón y de repente, con un enérgico movimiento, extendió su mano derecha:
                —Acabas de hacerme cómplice de una gamberrada deleznable —dijo, mientras nuestras manos se estrechaban—. De todas formas, sólo se enterará si nos estrellamos, y si eso sucediera, te aseguro que nos dará igual que nos echen un rapapolvo.
                Ambos sellamos nuestro acuerdo secreto con una risa, y esa misma mañana ocupé una de las carlingas del Bücker. En cuanto despegamos y el paisaje de Wisconsin se dibujó bajo el avión y el viento azotó mi cara, me di cuenta de que había encontrado, por primera vez en mi vida, algo que me llenaba mente, corazón y espíritu. A cientos de pies de altura, Fred me dedicó una sonrisa desde su carlinga que me hizo adivinar cómo había sido aquel hombre tan especial cuando no tenía más de veintitantos. Aquel fue el primero de muchos, muchísimos vuelos. Y mi padre estuvo meses —años—, sin sospechar que el «maldito bastardo que asusta a mis reses» no era otro que su hijo.
                Una semana después de nuestro primer vuelo, y tras muchas horas de teoría que Fred hacía tan amena como un buen relato de aventuras, tomé los mandos del Bücker. La sensación de nervios en el estómago fue indescriptible, por mucho que Fred me garantizara que él se haría cargo de la situación desde su puesto si algo no iba bien. Ese día, sentí el sonido del motor como si fueran mis manos y pies quienes lo emitieran. El despegue fue como un triunfo sobre todas las leyes naturales, una patada en la boca a Newton, ¡allá vamos! Ese primer paseo fue tranquilo, exceptuando el pellizco en el estómago a la hora del aterrizaje, que Fred definió como casi perfecto.
                —¡Chico, has nacido para esto! —exclamó, propinándome una sonora palmada en el hombro—. ¡Mañana mismo te enseñaré a hacer algo muy divertido!
                Y Fred cumplió su promesa. Al día siguiente, comenzaron las clases de acrobacia aérea: loopings, dobles tijeras, rizos, picados en barrena... También me enseñó a navegar, tanto mediante brújula y mapa como guiándome por el sol y las estrellas. Con él aprendí a amar el vuelo y a respetarme a mí mismo. Fred se convirtió en mi mejor amigo, y eso que hice algunos muy buenos en el instituto. Pero si tenía que elegir entre ir con ellos al cine o ir a volar con Fred, escogía la segunda opción sin pensármelo dos veces.
                A pesar de la confianza que nos unía, Fred era bastante parco referente a ciertos detalles de su pasado. Había etapas de su vida de las que simplemente no hablaba. En un recóndito lugar de mi corazón yo sospechaba que Fred había sido un agente doble —o algo por el estilo— durante la Primera Guerra Mundial, ya que si bien hablaba de su infancia en Alemania y de su época como instructor en Milwaukee, jamás hablaba de su juventud en Europa. Siempre que intentaba sacarle el tema, Fred se salía por la tangente o me decía:
                —Incluso entre amigos, Peter, no es necesario contarlo todo.
                Y luego me dedicaba una de sus encantadoras sonrisas. Maldito viejo. Cómo le quería.
                El misterio más intrigante que albergaba el aeródromo de Fred se encontraba dentro del hangar. Su ala oeste estaba dividida por un tabique que formaba una enorme habitación, permanentemente cerrada a cal y canto por una gigantesca puerta abatible que se accionaba mediante una cerradura en la pared, la cual activaba un poderoso motor eléctrico encargado de hacerla rotar sobre su eje. Huelga decir que nunca vi esa puerta abierta ni supe, hasta años más tarde, lo que se ocultaba tras ella. La primera vez que le pregunté a Fred acerca de ello, me respondió con una de sus enigmáticas salidas:
                —A su tiempo, querido Peter. Lo sabrás a su tiempo.
                Insistir era inútil: cuando Fred no quería soltar prenda, no lo hacía aunque le clavaran astillas de bambú bajo las uñas. Quizá eso formara parte de su entrenamiento como espía, quién sabe…
                Dos años después de nuestro primer encuentro, el día en que cumplí dieciocho años, Fred me preparó una pequeña fiesta en su casa. Me había encargado una tarta de chocolate en forma de avión, con una única vela en la carlinga. Cuando la apagué de un soplido, me entregó una caja envuelta en papel de regalo con un gran lazo rojo que desbaraté a toda prisa, impaciente por averiguar qué contenía.
                Eran los libros de la escuela oficial de pilotos Gran-Aire, en el aeropuerto Timmerman de Milwaukee. Junto a éstos, había un juego de impresos de inscripción completamente rellenos con mis datos, a falta sólo de mi firma:
                —Pero… pero no tengo dinero para pagar esto —tartamudeé—, y no creo que mi padre…
                Mi viejo amigo me mandó callar: el regalo incluía la matrícula y el pago del curso. Creí morirme de la alegría. Gracias a Fred, obtuve mis alas y una mención especial por mi habilidad para el pilotaje. Tanto él como mis padres —que por fin se enteraron de que era yo quien espantaba al ganado—, se sintieron muy orgullosos de mí. Hasta Maude, mi hermana pequeña, le contaba a todo el mundo que su hermano era piloto. Fueron momentos cargados de felicidad.
Poco después, en 1969, Fred se llevó un terrible disgusto cuando le informé que me había alistado como piloto para ir a Vietnam. Fue como si envejeciera diez años en diez segundos:
                —¡Guerra, guerra… no te enseñé a volar para matar gente en el aire! —me reprochó con amargura—. Además, el combate aéreo de hoy en día no es lo mismo que el de antes: aquello era un duelo entre caballeros, ahora es una carrera tecnológica, misiles guiados… ¡Basura!
                ¿Qué podría saber aquel viejo instructor de vuelo de la guerra? Él volaba por placer, por cabalgar en el viento y desafiar a la ley de la gravedad efectuando acrobacias en el aire. Pero ahora mi país me necesitaba. Chicos de mi edad morían día tras día lejos de sus hogares, y yo me sentía obligado a hacer todo lo posible para que regresaran sanos y salvos a casa. Durante la poca guerra que me tocó vivir —llegué a Vietnam muy poco antes de que terminara— piloté un bombardero Phantom. Nunca protagonicé heroicidad alguna: me limitaba a arrasar los objetivos con napalm sin encontrar defensa antiaérea ni presencia de interceptores enemigos. Sólo Dios sabe cuántos inocentes murieron en aquellas misiones de bombardeo. Os juro que me sentía como un as de pacotilla, a pesar de que mis compañeros de las Fuerzas Aéreas me consideraran un piloto formidable y me tuvieran en un pedestal. «Quien te adiestró, lo hizo muy bien», me decían mis superiores. Y eso era completamente cierto.
                Después de la guerra, pasé año y medio instruyendo pilotos en la base de las Fuerzas Aéreas de Colorado Springs. Con el dinero que gané me matriculé en la universidad de ingeniería aeronáutica en Minnesota. Ya no me conformaba con pilotar aviones: ahora quería aprender a construirlos.
                Una llamada de mi padre, en 1973, me comunicó la peor noticia de mi vida: Fred había muerto. Una semana después, recibí una citación procedente de un bufete de abogados de Milwaukee referente al testamento de Fred Richtmann. Con un nudo en la garganta, tomé el primer vuelo a la mañana siguiente. Fue un picapleitos con más prisa que el conejo de Alicia quien me notificó que el viejo Fred me había nombrado heredero universal de todos sus bienes, legándome el terreno que albergaba el aeródromo y todo lo que este contenía, incluyendo su casa y la Bücker. Además de las escrituras de la propiedad, el abogado me entregó un sobre conteniendo decenas de llaveros etiquetados con la pulcra caligrafía de Fred y una cuenta corriente con un saldo que ascendía a más de dos millones de dólares después de pagar impuestos. Di gracias a Dios por estar sentado. Si no, la escena habría sido un clásico manido del cine cómico.
                —No sé si sabrá que el señor Richtmann recibió en tiempos una más que suculenta herencia de su familia en Europa —rezó el abogado en tono monocorde—. Ahora, si es tan amable de firmar aquí…
                Claro que firmé. De allí me fui directamente hacia el aeródromo. Por supuesto, lo primero que haría sería abrir la misteriosa puerta cerrada del hangar. Entre los llaveros de plástico encontré uno con una etiqueta que decía: “ZONA PROHIBIDA”. Sonreí. La enorme puerta eléctrica obedeció al giro de la llave, desplazándose hacia atrás con un zumbido y descubriendo la impresionante estructura de un formidable triplano que hizo que el corazón se me encogiera en el pecho. Junto a éste, sobre una mesa de madera, distinguí un montón de páginas mecanografiadas, y encima de ellas, una carta escrita a mano por Fred:
                “Querido Peter, no te hagas ilusiones: este Fokker DR.I pintado de rojo no es el verdadero: el auténtico quedó hecho trizas en Somme, donde se dijo que morí, en abril de 1918. Lo cierto es que todo fue muy diferente de cómo se contó. La verdad te pertenece, y está recogida en las páginas mecanografiadas que encontrarás junto a esta carta. Haz con ellas lo que quieras: consérvalas, publícalas o quémalas, eso queda a tu elección. Lo único que me importa de veras es que pruebes tu nuevo avión. Lo puse a punto antes de irme, así que debe de estar listo para despegar, y esta vez, su belleza no se verá enturbiada por el ruido de las ametralladoras. Disfruta de mi legado, Peter, y sé un caballero del viento. Ahora, antes de que te enfrasques en las páginas que tienes sobre la mesa, creo que es mi obligación revelarte mi auténtico nombre, que es Manfred Friher von Richtofen, más conocido como el Barón Rojo.
Aunque si he de serte sincero, el nombre que más me gustó de todos siempre fue Fred…”

                 

          
               
               
               
                 
               
               
               

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2 comentarios:

  1. Aun después de varios años de haberlo leído, "El caballero del viento" me enternece. Desde el primer día que terminé su lectura imaginé a Peter haciendo piruetas con el fokker nada mas terminar la lectura de las cartas, disfrutando de su pilotaje con sentimiento entre tristeza y alegría.

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  2. Precioso relato , me ha encantado, no podía parar de leerlo te engancha desde el principio hasta el final y ¡¡ que final !!.No había leído nada tuyo pero , tienes una fan incondicional desde ahora mismo.
    ¡ Gracias y Enhorabuena !

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